domingo, 6 de febrero de 2011

Los Olvidados


Desde el inicio de Proyector en Espera, he intentado cubrir una gran variedad de películas. Buenas apuestas para mis lectores y para mí por supuesto. Filmes que van desde lo abstracto hasta lo inconfundible. Cada uno con sus propios méritos y con ese “algo” que los hace únicos. Pero, ¿Qué ocurre cuando se intenta hablar de un trabajo que supera lo mejor? La respuesta: Es realmente difícil. No porque se necesite confirmar su excelencia ni tampoco debido a esa presión de cómo algunos “clásicos” no se pueden ver mal. Lo realmente difícil es hacer justicia a esos filmes utilizando palabras; en un medio donde un simple cuadro habla más que mil de ellas. Con ese mismísimo reto me he topado en la siguiente reseña. Los Olvidados (México, 1950) de Luis Buñuel no se trata de una película más en su prolífica filmografía, es una auténtica obra maestra. Una cinta brutal y tremendamente sincera en donde las circunstancias juegan un mayor papel que las propias decisiones.

Antes que nada, necesitamos un corto vistazo dentro del filme. La narrativa nos ubica en el México de la posguerra. Una banda de delincuentes juveniles intenta vivir una vida de pobreza. Su líder, un prófugo llamado El Jaibo (Roberto Cobo), busca cobrar cuentas con aquel que lo denuncio a las autoridades. Su amigo más cercano y también miembro de la pandilla, Pedro (Alfonso Mejía), le ofrece su ayuda. En un arranque de furia, El Jaibo mata a su rival sin saberlo. Poco después, ambos se enteran de lo ocurrido y es donde se enfrentan a su verdadero enemigo, su conciencia. No solo es fascinante ver la desenvoltura y naturalidad de sus protagonistas sino la brutalidad con la que es presentada su vida. El México de Buñuel no está decorado. Todo lo contrario, es un lugar donde solo el adaptado sobrevive y en el cual no existen los buenos y los malos, solo los humanos. Esto no quiere decir que la película sea agonizante. Puede llegar a ser cruda y sin miedo a relatar lo que cuenta, pero también inocente en los momentos adecuados. Haciendo uso de ambos lados en la moneda, Buñuel logra crear el equivalente a una atracción temática de emociones. Cuando recién logramos hacernos a la idea de algo ocurrido, otra situación con mucha más fuerza y peso emocional destruye nuestra percepción. Sin poder encontrar suelo firme, el espectador queda con ansias de ver más, recordando la serie de tragedias que no dejan de golpear.

Todo lo anterior solo nos lleva a pensar en las verdaderas intenciones de Buñuel. A pesar de su intento por exponer una fría realidad, las intenciones de la cinta van más allá de una convencional crítica social. De hecho, a mi parecer, el personaje de mayor importancia  en la cinta es Pedro en vez de Jaibo y por una muy buena razón. Mientras la historia de Jaibo nos refleja las dificultades de vivir en un ambiente hostil; la realidad de Pedro se basa en la pérdida de su inocencia, lo que para mí es la verdadera temática del filme. Buñuel intenta relatar la vida de un niño que recién empieza a comprender lo dura que puede ser la vida. Como todos esos juegos y travesuras quedaron atrás con el fin de iniciar una nueva etapa dentro de su vida. Su sentimiento inicial es de rebeldía y oposición, más cuando lo que ve definitivamente no le gusta. Trabajos extenuantes, rechazo social y una reforzada falta de apoyo por parte de quienes lo rodea, especialmente su propia madre. Todo esto le hace darse cuenta de la cruda realidad. El paso de un joven para convertirse en algo más, incluso, contra su propia voluntad. Es por ello que Los Olvidados me resulta tan fascinante. No es solo por la impecable caracterización de Pedro por parte Mejía o la maestría habitual de Buñuel, sino esa autentica sensibilidad que ambos le inyectan al personaje. Una ventana por donde veía algo real y no un retrato ficticio. La evolución natural de su personaje a lo largo de la cinta es algo de esperarse. De inicio en la rebeldía y de fin una trágica representación de su temprana madurez.

Buñuel no se caracteriza por ser un cineasta fácil de entender. Sus películas, por lo general, relacionan una gran cantidad de disyuntivas morales con un fuerte énfasis en la crítica social. Más de una vez me he encontrado perdido entre tanto palabrerío. Por otro lado, Los Olvidados es bastante segura en su estructura narrativa sin perder su complejidad. Un espectador común puede ver la película y disfrutarla sin pensarlo demasiado; mientras tanto, aquellos que estén más inmersos encontraran mucho de qué hablar, como note anteriormente. Es aquí donde triunfa espectacularmente la dirección de Buñuel. A pesar de mantener un sólido y conciso mensaje a lo largo de toda la cinta, este es lo suficientemente universal como para ser comprendido por todo espectador. La facilidad con la que se desenvuelve la historia permite un desarrollo mucho más comprensible.

Otro aspecto interesante de este trabajo en particular, es la evolución de un personaje que ni siquiera se encuentra dentro del contexto narrativo. Estoy hablando del mismísimo Luis Buñuel. Al ser establecido como uno de los mayores  exponentes del surrealismo fílmico, es interesante ver como Los Olvidados carece en gran parte de este elemento. Esto con excepción a una secuencia y símbolos en particular. Una de las escenas más notables de la cinta involucra un tormentoso sueño. En este, un par de gallinas representan el desorden emocional por el que cruza uno de nuestros personajes. El brusco movimiento de la cámara y el poco sentido lógico del acto nos dejan ver su verdadera naturaleza. Este mismo simbolismo (La gallina) se ve utilizada en múltiples ocasiones de manera posterior.  Me alegró ver que, a pesar de ser un cine distinto, Buñuel no olvida sus raíces surrealistas y hace uso de ello con excelentes resultados.

A pesar de tener algo que contar y una manera distintiva de hacerlo, Los Olvidados no hubiera sido el mismo filme sin la colaboración de Gabriel Figueroa. Simplemente existe algo en todas esas tomas que hace sentirlas perfectas. Probablemente sean los ángulos adecuados o aquel momento del día que algunos directores esperan con ansias para filmar. Al no estar seguro, únicamente me queda comentar su gran valor dentro de la cinta en sí. Todas las escenas dentro de Los Olvidados evocan cierto tipo de emoción. Ya sea un sentimiento de desorden o de tensión pura, la cámara sigue a nuestros personajes de forma autentica. No fuerza tomas difíciles ni tampoco efectos complejos, aquí lo natural importa más que el resto. Hubo una toma en particular que capto mi atención. En ella, El Jaibo y un amigo suyo van caminando en busca de un refugio. En su dirección solo se pueden ver casas que reflejan una pobreza extrema, un desarrollo casi nulo.  Del otro lado y más al fondo, un gran paso a desnivel se levanta tal cual gigante. Una figura de superioridad y poderío económico. Tal contraste de riquezas y posición social ayudan a cementar esa imagen de inferioridad. Nuestros personajes no son menos personas que aquellos en el desnivel, pero las circunstancias parecen evitar recordárselos a cada momento.

Algunos dirán que los mejores tiempos para Buñuel fueron sus dos periodos franceses u el corto español. En lo personal, considero su periodo en México el mejor y más prolífico de todos. Los Olvidados es, quizás, su mayor obra dentro de México junto a Ensayo de un Crimen (1955). Un magnifico ejercicio dramático y una fascinante critica a las bases de nuestra sociedad. Más que un México crudo y violento, Buñuel crea una imagen social y cultural fiel a sus tiempos. No es solo una obra maestra, es un filme que resiste el paso del tiempo, madurando con ello tanto su temática como su significado y simbolismo en el proceso. 

sábado, 5 de febrero de 2011

Temple de Acero


Como cinéfilo, una de las mejores sensaciones que puedes tener es el ver revivir a uno de tus géneros preferidos. Cuando crees que nunca volverás a ver una película así. Como todas esas horas pasaron y parecen no regresar.  Es difícil reconfortare cuando lo ves de esa postura.  Es en esos momentos cuando recomiendo decirme a mí mismo la frase: “Nunca digas nunca”. Quien sabe, puede ser que un día de estos me sorprendan una vez más. Eso, fue justamente lo que ocurrió cuando hoy,  por fin tuve la oportunidad de ver Temple de Acero (True Grit, EUA, 2010) de los Hermanos Coen. Un western en toda la extensión de la palabra. Contando con cada elemento que hace al género uno de mis preferidos; el filme me ha movido de formas que no creía posibles desde ya hace un tiempo. Con disparos, caballos, bandidos y un característico Viejo Oeste; Temple de Acero nos da un western como los que ya no existen.

Desde el inicio de la cinta pude ver algo que me agrado en grande. Esta no se esfuerza por darnos una trama psicológica en la cual nos perdamos en horas de debate. No, los Hermanos Coen crean un western no solo en elementos sino también en esencia. La historia nos cuenta la jornada de una joven llamada Mattie Ross (Hailee Steinfeld) quien con la ayuda de un caza-recompensas local, Rooster Cogburn (Jeff Bridges), intentan vengar la muerte de su padre. La historia no únicamente es un perfecto tributo sino que se mantiene simple y sin giros innecesarios a lo largo de su duración. Tomando la extensa filmografía de los Hermanos, en donde podemos ver proyectos realmente complejos narrativamente hablando; esto no fue simple coincidencia o falta de motivación. Una decisión acertada fue darnos más de lo que necesitábamos. A lo largo de todo el filme, los personajes expanden su visión de ese mundo a través de múltiples historias y relatos alternos. Estos no tienen relevancia a la trama principal pero agregan ese toque profundo que tiene que darse a una película. Sin él, los personajes no tendrían base para sentirse creíbles.

Por mucho, la mejor parte de este trabajo es la interacción entre sus personajes. La dinámica que existe entre Steinfeld y Bridges es merecedora de todos los aplausos que la prensa estadounidense le ha dado recientemente. Ambas actuaciones pasan de solo ser buenas a convertirse en papeles realmente simbólicos. Quizás no icónicas como John Wayne en Mas Corazón que Odio (1956) o Clint Eastwood en El Bueno, el Malo y el Feo (1966) pero definitivamente únicas en sus propios méritos. Cuando termino la cinta, no sabía a quién aplaudirle más. Steinfeld realmente debería de ganar el Premio de la Academia a Mejor Actriz en un Rol Secundario (Lo sé, una largo título). Creo que desde hace años no veía a una actriz tan joven y con poca experiencia asumiendo un papel tan maduro. No solo dentro del filme sino en su impecable personificación y profesionalidad. Bridges, por el otro lado, nos da el mejor personaje de la cinta. A pesar de ser un asesino, el personaje tiene una razón de ser así. No solo se vale de medios astutos sino que también comparte una ideología con Mattie: “No existe criminal que escape de la justicia”. Además de esto, Bridges es sencillamente carismático, cuando el ríe uno reirá también sin siquiera saberlo.  Ambos actores se comportan como si existiera algo más que un contrato, pasan de tomar el papel de socios al de un autentico padre e hija.

Ya habiendo mencionado las actuaciones, el otro factor de importancia es un personaje mucho más grande. El mismísimo Viejo Oeste. Las locaciones que vemos en la cinta no solo demuestran ser características sino que con un alma propia.  Los pueblos hechos de madera, los caballos galopando en el horizonte, el clima seco y desértico.  Esos detalles esenciales para cualquier western construyen un viejo territorio único, incluso dentro de sí mismo. Y no solo eran los lugares, las personas que los habitaban también tienen gran parte del crédito. La película cuenta con múltiples personajes singulares que, aunque no desarrollados en ninguna forma, agregan a la atmósfera general. Desde un ambulante medico vestido en una piel de oso hasta una pandilla de forajidos con sus representativas botas y sombreros.  Un escenario extremadamente personal y universal. Es fácil sentirse identificado y aún más sencillo el permanecer maravillado.

Temple de Acero es un filme que no se vale por las convenciones; las utiliza a su favor con el fin de crear una verdadera obra maestra. Los Hermanos Coen han sido unos favoritos para mí desde que empecé a ver cine. Cuando veo filmes como este solo reafirmo ese sentir. La cinta no solo triunfa como un gran drama sino como una enseñanza de vida. No de cómo esta es injusta o difícil sino como hasta en las personas más duras podemos encontrar un alma que lo identifique. Un grandioso western que aspira a ser algo más que una simple película de vaqueros; convirtiéndose así en un verdadero tributo a los viejos tiempos. 

viernes, 4 de febrero de 2011

Amélie


Me gustaría empezar la entrada de hoy pidiendo una disculpa a todos los lectores de Proyector en Espera. No hay excusas para no cumplir la promesa inicial que hice con este blog pero me explicare. La pasada semana estuvo repleta de contratiempos. Fue fácilmente una de las más pesadas y extenuantes en periodo de evaluación. No tuve tiempo libre alguno lo cual también me dejo sin poder ver filme alguno. De este momento en adelante continuare proporcionando entradas frecuentes. Pido disculpas nuevamente y no los dejo esperando más. Después de todo, estamos aquí por el cine ¿No es así?

Amélie (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, Francia-Alemania, 2001) de Jean-Pierre Jeunet  es un filme sin categoria. No recuerdo haber visto un filme que siquiera entre en sus convenciones. Jeunet no solo proporciona un trabajo sin igual y de gran originalidad sino que lo hace con una calidad y maestría invaluables.  Esa sensación de que estás viendo algo nuevo y sin comparación es algo ciertamente refrescante y bienvenido. No puedo admitir haber entrado en el de forma limpia. Al ser el filme preferido de mi novia, tenía una larga lista de razones por las cuales era excelente sin siquiera haber visto su premisa.  Esto solo hace su triunfo dentro de mi más impresionante. A pesar de entrar con altas expectativas, Amélie me ha dejado con algo más que una magnifica historia, he salido con una experiencia distinta a cualquier otra.

Amélie Poulain (Audrey Tautou) es una joven que desde pequeña ha carecido de afecto. Sus padres la trataban de con mayores limitantes y jamás recibía abrazos o besos. Cuando su padre realizaba un chequeo mensual, su corazón latía más rápido que nunca lo que lo llevo a creer que era un padecimiento cardiovascular en vez de simple emoción. Esto hizo que permaneciera en casa hasta cumplir la mayoría de edad. Ya siendo una joven en sus 20s encuentra trabajo como mesera en un restaurante local. Su vida está por cambiar sin saberlo. Al escuchar la noticia de la muerte de Lady D, deja caer una esfera de cristal que crea un agujero en la pared. Dentro de él, se encuentra una caja con los tesoros de alguien más. Comienza a buscar a esa persona y al conseguirlo se da cuenta de lo que realmente la hace feliz. Traer felicidad a los demás. Esto la lleva a conocer a una persona tan singular como ella. Un complemento de quien cae profundamente enamorada. La narrativa se torna un trabajo del cual nunca he visto parecidos. Jeunet no solo crea un filme en sí, también crea un universo donde pueda existir y ser comprendido.

Los personajes dentro de Amélie son su verdadera alma. Audrey Tautou y Mathieu Kassovitz como la protagonista y su encontrado amor dan todo de ellos mismos. No hablamos únicamente de buena actuación sino de personajes completos, con miedos y aspiraciones. Desde un inicio, uno queda enamorado de Tautou. Su sonrisa, sus expresiones, su mirada y sus palabras. Todo en ella crea un personaje que definió su carrera y en la cual dio la mejor de la misma. Es imposible no simpatizar con ella. Desde sus sueños hasta como logra sus propósitos, todo tiene un porqué de ser sin dejar de ser espontaneo y natural. Es fácil ver porque Nino Quincampoix (Mathieu Kassovitz) se enamora de ella también.  Kassovitz, por su lado, le da a nuestra protagonista el complemento perfecto. Es igual o más peculiar que ella. Colecciona fotografías de otras personas, trabaja en un lugar que no le interesa en lo más mínimo y conduce una motoneta arreglada a su disposición. Son pequeños detalles como estos los que alimentan nuestra visión de ellos.  

La cinta es visionaria. No solo en el sentido de su ambición por ser algo más. Sus imágenes, sus melodías y sus transiciones ayudan a completar ese sentimiento, dejando al espectador satisfecho en el proceso. Tanto la cinematografía de Bruno Delbonnel como la banda sonora de Yann Tiersen se mantienen solidas a lo largo de todo el filme. Evocando felicidad y descubrimiento en cada toma, Delbonnel hizo de Amélie una joya visual. El uso de colores vividos y movidos crea cierta paz interna. Es difícil explicar este sentimiento, pero cuando acabe la película me sentí reconfortado y feliz. La banda sonora de Tiersen es magnífica. Música suave destaca momentos simples mientras las melodías enérgicas invitan a emocionarse. Es un paquete conciso que no deja pasar la oportunidad de sorprender.

Habiendo hablado de todo lo que hace Amélie una joya hace falta agregar un aspecto más. Por mucho, el más importante y el que queda contigo después de verla. El filme es feliz. Simple y al punto. No se tiene que sobre examinar él porque es así ni tampoco como lo lograron. Eso arruinaría un poco la emotividad interior que posee.  Una sensación que ha experimentado cada persona con la que he tenido la oportunidad de verla. Su dialogo es feliz, sus personajes son felices, sus imágenes igual. Jeunet deja atrás sus impenetrables narrativas y fuertes imágenes en favor de un tono ligero y amigable. La mejor decisión que tomo en toda su carrera, a mi opinión. Amélie es su mejor trabajo a la fecha y el más personal.  ¿Por qué digo esto? Me es difícil creer que alguien que carezca de sensibilidad por el cine pueda conseguir tan impresionantes resultados. Proyectos así no se consiguen con años de planeación y un presupuesto enorme. Solo basta el querer lo suficiente a tu material y hacerlo realidad. Jeunet lo ha logrado.

Amélie es un filme sin igual. Un proyecto hecho con cuidado y amor por el material mismo. Su ejecución es impecable mas no pierde su espíritu espontaneo y liberal. Tautou es magnífica, una mujer única que cualquiera quisiera tener a su lado. Los pequeños detalles son, a momentos, algo esencial para crear algo más grande. Jeunet es un artista, una pieza como esta no puede existir sin un visionario detrás de ella. Amélie es profundamente emotiva  y abrazadoramente simple. 

sábado, 29 de enero de 2011

WALL-E


Me es difícil creer que exista algún cinéfilo que no adore a Pixar. La productora va ya por su doceavo largometraje, cada uno mejorando sobre las bases del pasado.  Emocionales, perfeccionistas y con una gran pasión por el cine; Pixar nos da en 2008 una de sus grandes joyas. WALL-E (EUA, 2008) de Andrew Stanton muestra perfectamente porque me encanta el cine. Pixar no solo tenía una historia que contar sino una experiencia que decidió crear.

Pixar es reconocido por nunca tomar la ruta fácil. Cada historia, cada escena, cada momento. Todo se siente fresco y nunca antes visto. WALL-E no es la excepción a la regla. Todo comienza con WALL-E, un anticuado robot de limpieza que fue abandonado en la Tierra cientos de años atrás. Un día, una gran nave especial aterriza cerca de su casa y con ella se encuentra un androide llamada Eva. Él se enamora al instante y hace todo lo posible por llamar su atención. Su objetivo era buscar vida orgánica y cuando lo logra necesita partir. La aventura que surgirá de eso los posiciona en una disyuntiva. ¿Son más importantes los sentimientos, que el propósito por el que fueron creados? Basándose en esa premisa, Pixar construye no solo una historia sino un universo como no hay otro.

Desde el inicio del espectacular primer acto, somos introducidos a una impresionante habilidad narrativa. Sin palabras, sin diálogos, sin escritos. Únicamente usando uso de las expresiones; Pixar consigue dar vida a personajes que no fueron creados para tenerla. WALL-E y Eva son más humanos que la gran mayoría de personajes en cualquier otra cinta. Desde su forma de moverse hasta la manera en que sus ojos cierran. Cada expresión viene acompañada de una emoción con la cual es imposible no simpatizar. La primera media hora no presenta una sola palabra y aun así sentía que conocía a estos personajes de ya hace mucho tiempo. Eso es exactamente lo que busca este medio y no puedo estar más feliz por ello.

Otro aspecto excepcional es la animación en sus propios méritos.  Imágenes que evocan más de lo que mil páginas de guion nos podrían decir. Una distopia con rascacielos de basura, un crucero espacial de tamaño de una ciudad y una galaxia de formas que simplemente quitan el aliento. El cuidado a cada detalle es impecable. Puedes ver cada rincón de la pantalla y encontrar algo único a cada centímetro. Como en todo filme de Pixar, WALL-E está repleta de referencias a otras películas. Aún recuerdo mi sorpresa la primera vez que vi esta cinta. El homenaje a HAL 9000 de 2001: Odisea al Espacio (1968) es magnífico y un gran tributo para todos aquellos que disfruten del cine. Otras referencias menores alientan al espectador a ver cada cuadro delicadamente y sin perder detalle.

El mensaje que impulsa la película es fácil de comprender. No tiene complicaciones ni tampoco intenta ocultarse de forma alguna. Es claro que Pixar buscaba crear conciencia en sus espectadores. Vivimos en una sociedad sostenida por el consumismo. El seguir con esta tendencia nos podría llevar a serios problemas ecológicos. Por ejemplo, habitar un mundo donde la basura construya las montañas más altas y el polvo sea el nuevo “aire fresco”. No querríamos estar en semejante situación. Con eso en mente, en una parte del filme el mismísimo Capitán hace una importante observación. Al igual que una planta, la Tierra es una gran ser vivo y tiene que ser cuidada como tal.

Pixar no decepciona, conservando su lugar en la industria como fábrica de obras maestras. Cuando todo ha sido dicho y hecho, el filme nos habla más de sí mismo con lo que no dice, que con lo que sí cuenta. Una joya fílmica de la animación en todos los sentidos.  WALL-E es fascinante, emotiva y creada a partir de una gran pasión por todo lo que representa el cine. 

viernes, 28 de enero de 2011

El Experimento


Antes de ver la siguiente cinta había escuchado múltiples comentarios acerca de su dificultad para "digerir". Es decir, la película es bastante difícil de ver debido a su contenido. Después de verla puedo calificarla como tal. Si bien no al nivel que me hicieron creer, este particular aspecto ciertamente mejora la cinta. El Experimento (Das Experiment, Alemania, 2001) de Oliver Hirschbiegel triunfa al hacernos sentir empáticos y conectados a su narrativa.

La premisa se basa en un famoso experimento llevado a cabo en la cárcel de Stanford. En este, se tomó participación voluntaria por parte de los involucrados. A una mitad se les dio el rol de guardias mientras a la otra mitad se le tuvo prisionera. Lo que de inicio parecía una buena investigación cayo en la humillación y degradación humana. El filme busca relatarnos lo ocurrido en esos cinco días, en donde los derechos civiles fueron simplemente anulados. Afortunadamente la historia es interesante a lo largo de la cinta. Esto nos deja una sencilla transición entre sus tres principales actos.

Normalmente no me gusta comentar una película únicamente por sus actos. Después de todo, lo importante es el resultado final y el que tan efectivo fue. En este caso, sin embargo, necesito hacer una excepción. Si bien la cinta fue buena, hubo algunas partes que definitivamente bajaban el ánimo. Con un primer acto un tanto mediocre, un segundo acto estupendo y un tercero que tuvo un poco de ambos; no sabría por dónde empezar.

En el primero, somos introducidos a nuestro protagonista, Tarek Fahd (Moritz Bleibtreu). La actuación de Bleibtreu es emocional pero desgraciadamente cae en lo tedioso de forma un tanto apresurada. Esto no hace de un buen filme uno malo pero si desalienta un poco. Sabemos que su figura es la de un rebelde, mas a momentos cae en lo exagerado. En los primeros minutos, Hirschbiegel introduce el peor elemento de la cinta. Una relación amorosa totalmente innecesaria e irrelevante además de posteriormente obstructiva. Fahd sufre un accidente en manos de una deprimida joven llamada Dora (Maren Eqqert). Ambos van a su departamento, se acuestan y de forma repentina se tornan en almas gemelas. Poco cuidado, apresurado y con una aburrida personificación por parte de Eqqert.

En esos momentos sentía que la película me había perdido. Si no hubiese sido por un grandioso segundo acto, eso hubiera ocurrido. Durante los siguientes setenta minutos el espectador revive actos de extrema humillación.  Fuertes, brutales y efectivos. Estos momentos caracterizan el filme y lo hacen único. Empezando por el remarcable personaje de Berus (Justus Von Dohnanyi), quien lidera el grupo de sádicos guardias, el filme toma fuerza. Berus no solo es inteligente y calculador sino una persona carente de ética alguna. No le importa torturar a los presos ni tampoco llevar su rol hasta las últimas consecuencias.

El último acto difícil de calificar. Si bien es satisfactorio y una adecuada conclusión, el uso de la música y la fotografía es pésima y algunas acciones de nuestros personajes son cuestionables. Había momentos en los cuales escenas perfectamente logradas eran arruinadas por la molesta banda sonora. En otros, los personajes optaban por decisiones que no tenían el menor sentido.  Todo esto hacia que un buen final con momentos positivos se volviera una tira de escenas incongruentes. Afortunadamente el peso de lo que hizo bien supero a lo que hizo mal.

A pesar de todos sus problemas, disfrute mucho el filme, o al menos lo hice durante su segunda y tercera parte. La cinta definitivamente no es para todos. Su contenido grafico es fuerte mientras sus complejas implicaciones morales pueden molestar a algunos. Un interesante y entretenido filme que cuestiona si realmente somos buenos o malos más allá de una simple intención. 

miércoles, 26 de enero de 2011

Tiburón


Hace ya algunos años que vi por primera vez Tiburón (Jaws, EUA, 1975) de Steven Spielberg. Aún recuerdo perfectamente el impacto que tuvo esta película sobre mí desde esa proyección. Una sensación de incertidumbre y ansiedad. El preguntarme a quien se “comerán” primero y quien sobrevivirá. La agobiante composición de Williams reproducida en el fondo, alertando con esto que algo definitivamente no está bien.  Cada uno de estos elementos mezclados en una edición perfecta dentro del contexto de la cinta. Más de tres décadas han pasado desde su estreno, e incluso hoy en día mantiene “ese” efecto que no he podido olvidar.

Una historia relativamente arquetípica progresa la cinta en sus dos horas de duración. La celebración de 4 de Julio está cada vez más cerca y un gigantesco tiburón blanco decide darse un festín en las costas locales. El Comisario Brody (Roy Scheider)  se encuentra a cargo del “problema” y más pronto que tarde se sale de su control. Buscando ayuda en un oceanógrafo llamado Matt Hooper (Richard Dreyfuss) y el cazador local Quint (Robert Shaw) se embarca con el fin de capturar a la criatura.

Es claro que una historia tan simple necesita de algo más que su sencilla existencia. Es aquí donde vemos un Spielberg en lo mejor de su juego. El filme cuenta con una dirección brillante y audaz. Convirtiendo nuestra imaginación en el suspenso más eficaz. No se necesita mostrar grandes cantidades de violencia, sangre y efectos para lograr buenos resultados. Basta con crear un gran lienzo blanco dentro del filme; donde cada espectador pueda reflejar sus propios miedos.  El no saber qué ocurrirá y el cómo lo hará nos deja ansiosos de continuar junto los héroes de la historia.

Spielberg logra un filme efectivo no solo en el suspenso sino también en sus entrañables personajes. Tiburón no sería la misma cinta sin la interacción entre Brody, Matt y Quint. Las dos horas de duración de la película no son en vano. Spielberg acierta en su decisión de desarrollar sus personajes por encima de cualquier violencia explotativa. Sería imposible podernos identificar dentro de la historia sin conocer a este trio. Brody siendo aquel con los miedos internos pero la suficiente fuerza como para afrontarlos. Matt siendo nuestro punto lógico dentro de la historia aquel con las decisiones de mayor sentido común. Quint siendo nuestro aventurado cazador con un odio muy bien justificado en lo que es mi escena favorita del filme entero. Cada uno complementa al que tiene a lado y sus problemas son tan reales como los nuestros.

No podemos olvidarnos del verdadero protagonista en toda esta historia, el Tiburón en sí. Usando tomas tanto de tiburones reales como de uno mecanizado creado especialmente para el filme. Spielberg con esto logra una transición perfecta consiguiendo así un efecto creíble. A pesar del uso de estas tomas, el Tiburón no cobra personalidad sino hasta que no lo vemos. Esos momentos donde el espectador construye su propio escenario y únicamente imagina que podrá ocurrir. Cabe mencionar que los efectos del Tiburón son relevantes aun hoy en día. De hecho, es el mejor (y más realista) tiburón ficticio que he podido ver en una película.

Siendo un filme que continua siendo relevante y entretenido tantos años después de su estreno es solo prueba de la calidad del mismo. Aquel donde la expresión “menos es más”  cobró un valido significado. Una indiscutible obra maestra dentro del género del suspenso. 

martes, 25 de enero de 2011

El Código de Thomas Beale


Me gustaría empezar la entrada de hoy disculpando la falta de una ayer. Estuve muy ocupado y lamentablemente no me dio tiempo de ver ninguna de las películas que había planeado. Otro punto importante es que el “Especial – La Historia de la BBS” se verá presentando en partes numeradas y no en una sola semana como tenía planeado. Esto último debido a que el periodo de exámenes está cerca y de eso dependerá el tiempo que tenga para esos filmes.

Volviendo de nuevo a la entrada, el día de hoy escribo acerca de un trabajo inusual pero con un gran sentido de lo que es ser especial. El Código de Thomas Beale (The Thomas Beale Cipher, EUA, 2010) de Andrew S. Allen. Además de iniciar con una premisa bastante interesante; el cortometraje se destaca por una razón: Su técnica de animación. Lo que se puede ver en los diez minutos de duración del filme es algo jamás antes usado en el medio. De inicio sabemos que será algo original y lo bueno es que cumple en todo sentido.

La historia es interesante y mantiene el interés del espectador de inicio a fin. Todo comienza con la narración de un extraordinario criptógrafo, el Profesor White. Por años se ha intentado descifrar uno de los códigos más enigmáticos de la historia, el Código de Thomas Beale. White está a un solo paso de ser el primero en hacerlo pero no sin compañía indeseada que trate de evitarlo. Con esa historia como base, se empieza a desenvolver una narrativa relativamente linear. Esto no es malo en ningún sentido pues su ejecución ha sido muy cuidada.

El reparto seleccionado por Allen da personalidad de forma única a cada personaje especialmente a White. Uno de mis aspectos favoritos en el corto es la naturaleza sistemática de White. Siempre previendo que ocurrirá y adelantándose a la situación antes de que esta lo atrape a él. La gran satisfacción personal que le causa estar tan cerca que incluso podría oler el oro frente a él. El resto de los personajes se tornan intrigantes al momento de entrar a la mejor escena. Involucrando un tren, múltiples sospechosos  y un suspenso bien logrado, Allen crea villanos simples pero efectivos.

Sin embargo, el aspecto más único y gratificante tiene que ser la animación presentada aquí. Como ya mencione antes; esta nueva técnica es única en su tipo y que mejor forma de presentarse que usándose creativamente. Desde las ingeniosas texturas hasta los efectos que nos dan la ilusión de estar en un periódico. Esa variedad de efectos sacan a relucir los mejores momentos de este pequeño filme. Cada segmento de importancia es resaltado por una inteligente secuencia. Todo esto nos da un increíble espectáculo visual, uno de eso que tienen que verse para realmente entenderse.

Cuando uno tiene la oportunidad de apreciar estas breves historias, es cuando el medio en cortometraje se torna realmente satisfactorio. Allen únicamente nos da un ejemplo de lo magnífico que son estos trabajos cuando se realizan con cuidado y pasión. El Código de Thomas Beale rompe el molde de lo convencional, volviéndose así una pieza de arte excepcional.  A continuación dejo el link al cortometraje completo, realmente recomendado. 

El Código de Thomas Beale: The Thomas Beale Cipher - Short of the Week